Érase una vez un niño obsesionado con los videojuegos. La revolución desatada por Nintendo y compañía había logrado sorberle el cerebro hasta obsesionarlo, y viendo que el Amstrad de su padre no ofrecía nada comparable a las andanzas de Mario, lloraba y lloraba para que le comprasen una videoconsola.
Sus sabios padres, que habían acabado bastante desmoralizados tras una desafortunada toma de contacto con los juegos de Dynamic (Army Moves, Navy Moves, Camelot Warriors y un largo etc.), vieron esto como una segunda oportunidad, y decidieron informarse sobre qué era exactamente una videoconsola.
Lo que descubrieron no les gustó. Un “sistema de diversión” requería ser conectado a una televisión, lanzar cables desde el televisor, y era nocivamente peligroso para el tubo de imagen del enorme televisor Sanyo de 21 pulgadas genuinamente ochentero.
No dispuesto a dejar que un fontanero perturbase la paz del salón, la integridad del televisor, y la gala de eurovisión, siguieron buscando otra solución menos problemática. Algo llamado Game boy. No necesitaba una televisión, hacía poco ruido y podía utilizarse en el cuarto de juegos, alejado del gran salón. El infante fue convencido sin problemas, gracias a la increíble publicidad de la época, y a todos los demás niños con la maquinita en cada esquina, llevándola en el bolsillo de la camisa para demostrar que era perfectamente portátil (al precio de recibir luego una buena tunda por dar de sí los bolsillos de la camisa de los domingos).

La Game boy llegó en semana santa, barriendo gradualmente al triste Amstrad, que como buenamente pudo había intentado ganarse el cariño de la familia. Fueron unos felices años para el chico. Había otras máquinas más grandes y potentes, como enseñaba una desconocida revista llamada Hobby Consolas, pero le daba igual. Esta era su consola, y como aquella no había ninguna.
Y así pasaron unos cuantos años, entrando en la vida del niño un nuevo elemento: El amigo cuyos padres le compran todo. Eran inseparables, y un día el niño rico decidió enseñarle su colección de videoconsolas y ordenadores.
A partir de aquel momento el mundo de Fulanito se había hecho añicos. Tras probar la Super Nintendo, ya no podía mirar con el mismo orgullo a la paleta de verdes que le ofrecía su Game Boy. Tenía que tener esa consola.
Por supuesto, los progenitores seguían vigilando desde su mullido trono. El fantasma de la ocupación volvía a planear por encima de sus cabezas. “Maldito menganito, pagarás cara esta infamia”.
Tras un año llorando y esgrimiendo el hecho de que “todos la tienen, no es justo, eso de que rompen los tubos es mentira, si no todas las teles estarían rotas”, al final dieron el brazo a torcer, aunque solo fue una victoria a medias.
La Super Nintendo llegó al precio de tener que reunir 6000 pts de su propio bolsillo, la mitad de lo que por aquel entonces costaba. Se inició entonces una empresa de proporciones épicas, ahorrando toda moneda que le caía encima, y malvendiendo parte del maravilloso catálogo de Game Boy que había ido reuniendo con los años.
De mala gana, Padre e hijo fueron al Toys ‘R’ Us, Templo maldito del primero y Meca de la felicidad para el segundo. Era una victoria cara, pero una victoria, a fin de cuentas.

No se había olvidado el tema de que una consola necesitaba una televisión para funcionar correctamente. La Gran Sanyo del salón siguió siendo un objeto sagrado, y unas nuevas leyes fueron escritas en las tablas del destino:
- Jamás tocarás la tele del salón
- Usarás la tele de 14 pulgadas la cocina, y solo cuando nadie more en esta.
El primer año fue bastante duro para nuestro joven héroe, pero no parecía importarle. Aprovechaba en cuanto podía para transportar la consola hasta la cocina, y con el paso del tiempo, incluso le dejaron tener en su cuarto una antigua televisión en blanco y negro de 12 pulgadas. ¿Podía mejorar más aún la cosa? Parece ser que sí.
Un día llegó un aparato nuevo a casa, el microondas. El novato, disfrutando de honores dignos de un rey, pasó a ocupar la posición del cocinil televisor, que, ahora valiéndose de un precario soporte, pasó a elevarse a lo más alto del recinto, donde ninguna pantalla había llegado antes.
La nueva posición hacía más difícil la labor del chico, que ahora debía encaramarse a una silla y hacer temblar peligrosamente la tele para conectarle un modulador RF, pero no pareció importarle demasiado.
La misma cosa no podía decirse de sus padres. Temiendo que su egoísmo pudiese presagiar la gran caída, decidieron aflojar un poco la posición, negándose todavía a que la Sanyo pudiese ser contaminada por esa maldita invención japonesa.
La solución creó un nuevo punto en la historia del chico: Por primera ves iba a tener una televisión en su cuarto. Un buen día, una deslumbrante Philips de 14 pulgadas entró por la puerta como una deidad y pasó a ocupar el lugar del Amstrad, que injustamente fue condenado por los siglos venideros a la oscuridad del desván.

El televisor marcó el paso de niño a adolescente. No solo podía jugar en su habitación, ahora también podía ver los otros canales que se emitían por la noche y no eran del agrado de sus padres, como Cine Alucine todos los sábados en LA Dos, emitiendo las mejores sagas del terror.
Aunque fue desplazada allá por 1997 de su posición dominante, la pequeña philips siguió ocupando una importante posición en la vida del joven, hasta que en el 2000, fue irremediablemente hospitalizada tras un terrible petardazo. El principio del fin había comenzado.
Tras la reparación, ella no volvió a ser la misma. Sus colores se habían apagado, y una capa de neblina blanca cubría todo. Ya nada volvería a ser lo mismo.
Pasó el tiempo. La Sanyo se había jubilado años atrás, y en el 2002 también le llegó el turno al PC, que llegó acompañado de un impresionante monitor LG de 17 pulgadas y tubo plano, con una calidad de imagen como jamás se había visto.
Nuevas amistades llevaron a nuevos conceptos. Existían ampliaciones para el ordenador llamadas capturadoras de vídeo, que permitirían que el fabuloso LG se convirtiese en una televisión completa, pero con la calidad de un ordenador. ¿Podría ser eso la solución que permitiese a la pobre Philips jubilarse definitivamente?

La capturadora Pinnacle PCTV inició su corta andadura en navidades, y jamás logró cumplir su cometido. La imagen a través de video compuesto era extremadamente borrosa y llena de artefactos, y era incapaz de captar señales NTSC, ensombreciendo más aún sus expectativas. Era un fracaso.
Pasó el tiempo, y la Philips siguió siendo inamovible. Se intentó sustituirla por otra televisión similar que se encontraba en el pueblo, pero esta no fue capaz de entrar en el nicho de la original.
Con el tiempo el fastuoso monitor también fue actualizado, en aras de ganar un espacio que se hacía vital. Un TFT de 19” era el siguiente jugador en esta gran partida.
Por aquel entonces las pantallas planas estaban suponiendo una gran revolución, y ahora Si parecían acercarse a la televisión con la calidad de un monitor. Ahora ya un hombre, nuestro protagonista pensó: “Si no tuviese que depender de la potencia del ordenador como con la Pinnacle, y tuviese entradas de video con más calidad que las de mi capturadora, podría tener algo tan impresionante como esas increíbles televisiones LCD que valen tanto”.
Nuestro pobre idiota inició otra desafortunada aventura: Iba a repetir la idea de la capturadora, pero utilizando una pieza de hardware que no requiriese tomar prestada la potencia del ordenador para trabajar, y permitiese utilizar esa conexión llamada “de componentes progresivos” que tanta calidad mostraba.
La solución esta vez fue algo llamado Aver TV Box 9. Un monstruo de sintonizadora externa, laureada con varios premios y exquisitas reviews, que podía funcionar en un monitor TFT a resoluciones de hasta 1280x1024 pixels, y que con un cable de componentes haría que todo se viese tan bien como con la mejor de las televisiones LCD.

Y nuevamente nuestro inútil metió la pata hasta el fondo, llenándose cada vez más de fango. Tras pagar más de 120€ por la sintonizadora, ese día aprendió que a) No se debe hacer caso a reviews que provengan de países en vías de desarrollo, y b) Es necesario estudiar un poco las terminologías básicas del mundo de la Imagen y el Sonido.
La sintonizadora presentaba varios grandes problemas. Aunque no mostraba pixels, el estirar tanto la imagen acababa emborronaba todo, llegándose muchas veces a no saber qué estaba ocurriendo. Por otro lado, la sintonizadora parecía no disponer de la potencia necesaria para seguirle el paso a los videojuegos, perdiéndose muchas imágenes por el camino y generándose extraños e irritantes efectos visuales. También sucedió que 480i no era lo mismo que 480p, y la sintonizadora solo soportaba lo primero.
La AverTV había sido una apuesta muy arriesgada. Considerando que estaba detrás del producto definitivo, el protagonista había despedido indecorosamente a su vieja Philips, que ahora era una reina de cocina en la segunda residencia familiar en León.
Solo, descompuesto, y sin nada que le amparase, este borrico decidió que ya estaba harto, e iba a llegar hasta el final dejándose de más experimentos. Iba a tener una gran televisión LCD, que si bien no trabajaría muy bien con la baja definición, al menos si lo haría con el alta.
Y así, en otro tiránico esfuerzo, De la sintonizadora en Enero se pasó a la televisión LCD panorámica de 23 pulgadas en abril.
Era un aparato maravilloso. Por fin todo se veía debidamente, o al menos indudablemente mejor que con las soluciones anteriores.
Por desgracia, nuestro aquí presente inepto se había comenzado a convertir obsesionar con el concepto de calidad de imagen. Ahora disponía del equipo ideal, Pero no tenía con qué aprovecharlo. Si quería sacarle el máximo partido a su flamante nuevo equipo, debería conseguir una consola de novísima generación capaz de emitir imagen en HD.

Pasó el tiempo, y al final llegó una Playstation 3, con una nitidez a juego con la tele. Incluso mejoraba la calidad de los juegos anteriores. Habíamos llegado al fin de la historia... ¿O tal vez no?
Como estas cosas nunca tienen final, Fulanito, ahora ya Fulano por el día parecía enamorado de su gran pantalla Samsung, pero en cuanto tenía la oportunidad le ponía los cuernos con una consola como la que cumplió sus sueños en la infancia y cualquier televisor de tubo como la que ya no tenía.
Sin darse cuenta, había descubierto que cuando por fin tenía una pantalla de alta definición, un equipo de sonido envolvente, y una videoconsola con gráficos que superaban a la mismísima realidad, ya no existían juegos para él: Lo que podía jugar en HD era una basura a precios prohibitivos, que nunca le daría las sensaciones por las que suspiró cuando era un niño.
De nuevo decidió poner este extraño ser un ladrillo más en la obra de La Sagrada Familia: Debía conseguir una increíble televisión de altísima calidad y de tubo, como nunca hubiese conocido el mundo. Cuando ya estaba a punto de iniciar una nueva etapa, una vocecita sonó en su interior:
- Fulanito: ¿Qué estás haciendo?
- Fulano: ¿Tú qué crees? Voy a comprar una televisión de 21”, que me dará la calidad definitiva.
- Fulanito: ¿Y dónde la piensas poner, porque me parece que con tantos ladrillos que has ido colocando, aquí ya no hay espacio ni para la veleta
- Fulano: No importa, la pondré en mi casa en el pueblo, donde allí si que tengo espacio
- Fulanito: Pero entonces solo podrás jugar con ella unos 20 días al año en los que dispones de vacaciones escapas allí. ¿Qué harás el resto del año?
- Fulano: También he pensado en esto. Después de comprarme esa inmensa televisión, me compraré otra más pequeñita en mi domicilio de diario. Ya verás, hasta la voy a poner en el sito que antes ocupaba mi primera tele. Como ves, lo tengo todo previsto.
- Fulanito: Ya veo... Solo tengo una última pregunta.
- Fulano: ¿Siiiiii?
- Fulanito: Si desde el principio hasta el final lo que intentabas era encontrar un sustituto exacto de tu primera tele, ¿Por qué no te compraste una igual cuando se te rompió?
La última frase que se oyó, no se supo a quien pertenecía:
“- A tomar por culo.”